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Jazmín – Alejandra

La conocí en una fiesta cualquiera y durante días se llamaba Alejandra.
Me aclaró con una gran sonrisa, cuando la presentaba a un tercero con el consiguiente bochorno por mi parte, que se llamaba Jazmín. “Alejandra es para Facebook”. Me quedé muy sorprendida. Una mujer con dos nombres. Desde aquella confusión inicial, he decidido llamarla Beirak, que es un apellido precioso.

Vive en el mundo del arte. Trabaja en una institución muy grande llena de libros en los que analiza autores de apellidos impronunciables con obras apenas comprensibles para los que aún nos emocionamos con el rostro de las vírgenes de Rafael. Su naturaleza analítica y observadora la posicionan en un lugar desde el que crear pensamiento propio. Personalidad no le falta. Y no le cuesta demasiado expresar y defender una opinión.

Hija de una familia de artistas que escaparon de Europa durante la segunda guerra mundial, hay en ella un cierto aire solitario que tienen las hijas de emigrantes en una España más bárbara que ninguno de los países por los que transitaron sus antepasados. Comparte la pasión argentina por el psicoanálisis y el dulce de leche, y la centroeuropea por la literatura.

Amiga de artistas de todas las musicalidades y géneros, Alejandra -Jazmín busca su propio arte en el mundo de la interpretación y su identidad en las innumerables imágenes que proyecta. Todas hablan un poco de ella y ninguna capta la complejidad de su esencia. Dicen que se parece a Scarlett Johanson pero es, en realidad, más versátil y más elegante.
Siendo un poco arriesgada me aventuro a decir que de todos los artes que pueblan su vida, el verdadero arte que interesa a Jazmín es el arte de amar, esto es, el arte para la vida.

Jazmín-Alejandra recorre Madrid con su nueva bicicleta. Sobre ruedas tiene un poco pinta de princesa despeinada. Al volante, alterna su naturaleza tranquila con auténticos alardes de mal genio e impaciencia. Y siempre acude puntual cuando compartimos nuestra afición común por el teatro.

Una vez me confesó que no hay nada que le guste más que escuchar una buena historia sin tener que hacer nada más que disfrutarla. Y quizá sea por eso que nos hemos hecho amigas, no hay nada más tentador para una escritora que una buena lectora.

La mujer olmo.