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Mario Alberto Díez

La Caja, un cuento de Víctor Crammond.

Cata era una niña con el pelo naranja y las ideas muy claras, como un insecto que no ha nacido. Iba al colegio, como todas las niñas, y se aburría muchísimo, como todas las niñas. La tarea de aquella mañana de invierno era dibujar su animal favorito. Cata no tenia animales en casa por aquello de los pelos por todas partes y las responsabilidades y todas esas cosas. Vivía en el centro de la ciudad. Le gustaba, pero todo el mundo sabe que en la ciudad no hay cabras, ni caballos, ni cerdos. Así es que Cata no tenía un animal favorito. Tenia juguetes favoritos, una canción favorita y una comida favorita; pero no un animal. Por tanto, a falta de una idea mejor, Cata dibujó un animal redondo y cuadrado a la vez con ocho patas llenas de escamas. Su profesora, la señorita Resti, no estuvo muy de acuerdo con el trabajo del que Cata se sentía tan orgullosa. Le dijo: “¡Eso no puede ser tu animal favorito!¡Nadie tiene un cangrejo en casa!” Cata puso cara de circunstancias y respondió: “Pero no dijo nada de que tuviésemos que tenerlo en casa, ¡y no es un cangrejo!…” Pero en la segunda palabra la señorita Resti ya la había echado de clase alegando un problema de descontrol de la imaginación. Cata llegó a casa y le propuso a su madre la idea de comprar un cangrejo blanco porque quería demostrarle a la señorita Resti que se podía tener un cangrejo en casa y quererle igual que a un perro peludo o a un gato saltarín. Con tal de perderla de vista toda la tarde la madre de Cata estaba dispuesta a criar una familia entera de cangrejos si fuese preciso. Cata se fue en busca de su cangrejo. Pero no fue tan fácil como pensaba, porque Cata encontró peces, tortugas, arañas y congrios; pero no cangrejos. La ciudad se acababa y la paciencia de Cata también cuando encontró una pequeña tienda llamada “El final del viento” donde encontró un anciano de pelo blanco detrás de una mesa transparente y un acuario con estrellas, caballitos de mar… y cangrejos blancos de ojos brillantes. Sin dudarlo cruzó cuatro palabras con el anciano, que le sonrió mientras le daba una caja de cartón con un tímido cangrejillo en su interior. Lo llevó a casa y le puso de nombre Boris, como un escritor que le gustaba mucho. Transcurrió una semana y Cata pasaba muchas horas al día hablando con Boris mientras le daba fresas y gotas de luz para comer. Boris crecía y Cata tenía que comprar cajas más grandes cada dieciséis días para contenerlo. Volvió del colegio un jueves por la tarde con la intención de comer fresas junto a Boris, como de costumbre. Pero algo había sucedido; la madre de Cata estaba sentada en el jardín con la cara muy pálida. Boris había intentado salir a pasear solo pero su tamaño había provocado que se quedase atascado en el marco de la puerta. “Demasiadas fresas”, pensó Cata. El caso es que toda la familia se trasladó al jardín, donde vivieron durante cien días con sus noches. Cata seguía hablando con Boris, que no dejaba de sonreír desde su estrecho hogar, hasta que un día no quiso comer más fresas. La madre de Cata le explicó que Boris había terminado sus días sonriendo, y que era el momento de volver a vivir dentro de casa y recordarlo. Cata miró a su madre, no dijo nada y nunca más volvió a comprar un animal para tenerlo encerrado en una caja.

  • 2013